ie.inteligencia emocional
un saber en movimiento

Afinando el pensamiento

Nadie afina una sola vez. Un instrumento se mueve con el tiempo y la temperatura, y volver a afinarlo no es cambiar de nota al azar: es buscar el tono justo. Con las ideas pasa lo mismo. Aquí no vas a encontrar una simple confesión de errores o una lista de creencias u opiniones que cambian según el día. Vas a encontrar un saber en movimiento —cosas que sostuve, que seguí mirando, que fui ajustando hacia algo más cierto para mí—. No es dudar de todo, aunque lo parezca; es tomarse en serio lo que uno piensa, tanto como para volver a mirarlo. Porque nuestras acciones muchas veces parten de esos pensamientos. Si a ti te ocurre lo mismo con alguna de estas ideas, entonces te invito a que, a partir de estas reflexiones, afinemos nuestros propios instrumentos.

lo que he ido afinando

En la universidad un compañero de carrera me enseñó a entrenar en un gimnasio. Mi objetivo era estético. A esa edad, y en esa época, casi no se hablaba de lo que el ejercicio le hace a la salud. Cuando salí de la universidad no volví a pisar un gimnasio en veinticinco años.

De esos años me quedó una idea. Los gimnasios son para los que quieren verse bien, y lo mío no es eso; yo llevo una vida sana. Nunca lo dije con esas palabras, pero lo pensaba con esa claridad. Era un prejuicio, y fue el que me mantuvo afuera todo ese tiempo.

Volví hace un par de años, y volví por lo mismo de siempre: preocupado de mi aspecto físico. Esa era la única razón que mi prejuicio aceptaba como válida para entrar ahí. Después de tantos años, los primeros días me sentí raro. Con el tiempo la costumbre convirtió la incomodidad en familiaridad. Volvió a ser mi lugar. Volví a formar parte.

Desde entonces no he parado, y mi manera de ver el ejercicio se enriqueció. El aspecto físico sigue existiendo, pero quedó eclipsado por los beneficios en salud y bienestar, que a mi edad pesan distinto. Hoy entrenar es un fin en sí mismo para mí. Cultivo el cuerpo desde lo profundo y no solo desde el espejo, velando por una mens sana in corpore sano.

Y lo que afiné fue mi opinión sobre los gimnasios: el ejercicio físico es una virtud más a desarrollar. Se desarrolla en un gimnasio si se puede, o en casa con lo que se tenga a mano. Es una actividad vital. Espero no dejarlo nunca más. Revisa tu propio instrumento: ¿qué has descartado diciendo que no es lo tuyo?

Durante años prediqué, casi con esas palabras, el “si quieres, puedes”. Y no en privado: se lo enseñé a mis alumnos de emprendimiento, desde el pizarrón y con toda convicción. ¿Culpa? Toda. Creía que la voluntad era remo y viento a la vez: bastaba querer lo suficiente, y el éxito venía detrás.

No era falso. Era incompleto, que es más difícil de ver. A la ecuación le faltaba una variable que ninguna arenga cubre: el azar. No la suerte como un aura que se carga, sino los factores que no controlas y que pesan, y no poco. Querer no mueve el mundo entero: mueve tu parte. Es lo que hoy se disfraza de “decretar”: deséalo de verdad y el universo obedece. Ojalá fuese así de simple.

Y ojo, que reconocer el impacto del azar en ningún caso implica bajar los brazos y soltar el resultado; es lo contrario. Precisamente porque el resultado te importa conviene mirar de frente lo que no depende de ti: para prepararte mejor, y para no quebrarte cuando el querer no alcance. Porque el “si quieres, puedes” esconde una trampa cruel —si no pudiste, es que no quisiste—, y así se culpa al que perdió una partida que nunca dependió solo de él. La fórmula honesta es más sobria: haz todo lo que depende de ti, y prepárate para aquello que no.

Pero cuidado con el otro extremo: el “total, todo es suerte, ¿para qué remar?”. Eso es fatalismo —estoicismo mal entendido—: el estoico no padece de brazos cruzados; hace lo que depende de él. Remar no te garantiza puerto; pero no remar sí garantiza que no llegarás. Afina tu instrumento: ¿le estás pidiendo al querer más de lo que el querer puede dar?

Durante años creí —en especial en mi juventud— que el amor era algo que simplemente ocurría. Una cosa nebulosa y mágica: tú me gustas, parece que yo también te gusto, hay match, y adelante. No distinguía nada más. El amor era un estado que te caía encima, como el clima. Y esa creencia, que suena inofensiva, esconde una trampa: si el amor te pasa, entonces nunca es algo que tú haces.

Hoy sé que hay dos cosas, no una. Está el enamorarse —eso sí te ocurre, no lo eliges, se siente en todo el cuerpo—. Y está el amar, que es un verbo: un acto, una capacidad que se ejerce. No son etapas, y ojo con esto, porque es donde casi todos se equivocan: nadie pasa “naturalmente” de una a la otra dejando correr el tiempo. Son mundos distintos. Puede haber enamoramiento sin una gota de amor, y amor donde el enamoramiento no fue su precedente. El amar no se hereda de la atracción; se practica, o no.

¿Y qué es amar, para mí, en concreto? Una sola cosa, y más difícil de lo que suena: tratar al otro como un fin, no como un medio. A las cosas se las usa; a las personas se las ama. Instrumentalizar una relación —el “qué me das, qué te doy”— es tratar al otro como a un chicle: dulce al principio, insípido con el tiempo y, por eso, termina en la basura. Amar es lo contrario: no es cuánto me sirve el otro, sino que me importe por sí mismo. Se ama a la persona por “quién es”, no necesariamente por “cómo es”. Y que no se confunda: si bien amar no exige nada a cambio, tampoco implica anularse o aguantar cualquier cosa. Recibir, se recibe, y no poco; lo que no se hace es amar para recibir.

Nadie enseña esta distinción, y no es nada intuitiva. Reconocerla nos vuelve un poco más inteligentes sobre una sola cosa —el amor, quizá la más poderosa de las fuerzas humanas—. Afina tu propio instrumento: ¿esperas que el amor te ocurra, o estás dispuesto a desarrollar la capacidad de amar?