ie.inteligencia emocional
ve, vívelo, y vuelve

Explora y regresa

En este espacio encontrarás mis recomendaciones —una película, un libro, una canción, un video, lo que a mi juicio conviene explorar— para que después lo miremos juntos. La primera parte te dice por qué creo que vale, sin arruinártelo: puedes parar ahí, ir a vivirlo por tu cuenta, y volver cuando quieras. La segunda parte es mi punto de vista, que no es más que eso: la vista desde un punto. No vengo a decirte qué pensar, sino a mostrarte cómo lo vi yo, y a que compares esa mirada con la tuya. Es una simple invitación, porque el que explora y luego regresa, nunca lo hace con las manos vacías.

lo que te invito a explorar
película · 1h 57min

En busca de la felicidad

Gabriele Muccino

“En busca de la felicidad” (The Pursuit of Happyness) es una película de Gabriele Muccino, de 2006, con Will Smith y Jaden Smith. Está basada en la vida de Chris Gardner, un vendedor que en el San Francisco de los años ochenta busca abrirse paso como corredor de bolsa mientras cuida a su hijo. Lo que sigue supone que ya la viste. Si no, conviene buscarla para verla antes de seguir.


Esta película la analizaba con mis estudiantes en las clases de emprendimiento. No es difícil entender por qué. Un hombre lo pierde casi todo, atraviesa muchas dificultades, trabaja duro y termina llegando adonde quería. Contada así, parece la historia de alguien excepcional, de esos que se aplauden desde la butaca y que poco tienen que ver con la vida de uno. No estoy seguro de que sea tan así, porque la película inspira, y lo hace porque en parte nos sentimos identificados. Todos necesitamos héroes, y Chris Gardner, el protagonista, es uno de carne y hueso. Tiene miedo, tiene días malos y toma decisiones que le cuestan caro. Que todo haya ocurrido tal cual se narra no es relevante para los efectos de cualquier análisis. Lo que me importa es lo que la historia muestra y lo que de ella podemos aprender. Esa es la invitación de este espacio.

Chris ve a un hombre en su Ferrari. Es natural compararnos con otros, y frente a la distancia que surge de esa comparación caben dos posturas opuestas, según pongamos su causa fuera o dentro de nosotros. Podemos sentir esa distancia como una injusticia que viene de un sistema ajeno a nuestra voluntad. O podemos pensar que el otro ha hecho cosas que nosotros no hemos hecho, pero que también podríamos hacer para llegar hasta donde él está. La primera postura nos empuja a resignarnos o a destruir lo que nos parece un sistema injusto, mientras que la segunda nos empuja a construirnos a nosotros mismos. Chris mira a ese hombre con admiración y la pregunta que le hace surge necesariamente de la segunda postura. Le dice: qué haces y cómo lo haces. La respuesta: soy corredor de bolsa. Chris quiere saber si eso se estudia en la universidad, y el hombre le responde que no hace falta, que basta con ser bueno manejando números y personas. Chris se sabe bueno en eso, y por lo tanto se cree capaz.

Después lo ve entrar a un edificio y se queda mirando a la gente que sale de ahí. Al recordar el momento, nos dice que todos se veían tan felices, y se pregunta por qué él no se veía así. Se sigue comparando. Lo que vio en esas personas fue cierta alegría, quizás relajo, era gente a la que parecía irle bien, y a eso le llamó felicidad. Nadie sabe qué había detrás, ni si eran felices de verdad, pero lo importante es que así le pareció a él. Chris no quería un Ferrari. Quería estar como ellos: “feliz”. Es una idea sencilla de la felicidad, hecha de lo que se ve desde afuera, y la película la sostiene hasta el final, cuando a una pequeña parte de su historia, a un momento, le pone ese nombre.

Linda, su mujer, no lo cree capaz. Cuando él le cuenta que va a intentar ser corredor de bolsa, le pregunta con ironía por qué no mejor astronauta. Su creencia también tiene argumentos, y los construyó con su propia historia junto a él: los escáneres que no se venden, las promesas que no se cumplen, las cuentas que no se pagan y la sensación de ser la única que trabaja y se esfuerza. La misma realidad, leída desde otro lugar, cierra la puerta que Chris acaba de abrir. ¿Se equivocó Linda? Sabiendo cómo termina la película, sería fácil responder que sí. Después de la guerra todos somos generales. Pero el final de la historia no debiera juzgar la postura que ella tomó en ese momento, con los elementos de juicio que tenía. Debemos reconocer que Chris ganó algo improbable. Primero tuvo que quedar entre los veinte aceptados en un programa de pasantías, y después ser el único de ellos contratado, corriendo con desventajas. Ese resultado extraordinario hace posible que veamos esta historia en pantalla. Si hubiera sido uno de los diecinueve que no quedaron, no habría historia que contar, y la ironía de Linda la calificaríamos como incuestionable sensatez.

Una creencia abre o cierra puertas, abre o cierra posibilidades. Pero no necesariamente toda puerta abierta es buena. Los escáneres también fueron una puerta que Chris abrió convencido, y lo dejaron al borde del precipicio. Desde el umbral no se sabe cuál es cuál. Se puede jugar con probabilidades, pero el movimiento se prueba andando. Sin embargo, aun la puerta que da a lo que tendemos a calificar como fracaso deja algo. De los escáneres Chris salió sabiendo vender, y si hubiera quedado entre los diecinueve no seleccionados habría salido sabiendo mucho más de lo que sabía al entrar. Una puerta cerrada, en cambio, es la certeza de que nada de eso va a ocurrir.

Más adelante, en una cancha de básquetbol, Chris está a punto de cerrarle una puerta a su hijo, y se detiene: “Jamás permitas que te digan que no puedes hacer algo… tampoco yo”. Se lo está diciendo también a sí mismo. Le enseña la importancia de creer en sus sueños. Es cierto que creer no garantiza llegar. Podemos suponer que los diecinueve que no quedaron seleccionados también creyeron. Lo único que quiero destacar es que, sin creer, nada es posible.

En el formulario de postulación de Chris, la sección de estudios superiores la tuvo que dejar en blanco. Si se hubiera limitado a entregar su solicitud, no habría tenido ninguna posibilidad de que lo llamaran. Ninguna. Él lo sabe, y por eso insiste. Busca a Jay Twistle, gerente y socio de la corredora, y lo aborda en la calle. Como Jay va apurado y no le regala mucho tiempo, le sugiere compartir el taxi porque van al mismo destino.

En el taxi, Chris le habla de su experiencia y competencias, pero Jay no lo escucha. Está absorto intentando armar un cubo Rubik. Esa es la oportunidad que Chris no puede dejar pasar. Lo logra armar frente a él, y ese viaje se convierte en una entrevista que nadie le había concedido. Tenía pocos minutos para mostrar lo que valía, y los aprovechó. Actuó, como actuamos todos cuando sabemos que nos miran. Pero no sacó un cubo armado de la manga. Armó lo que pocos podían y con ello mostró sus capacidades. Ser y parecer debieran ir juntos, porque no basta con ser capaz si nadie lo ve.

A la entrevista que consiguió llega mal vestido, con la ropa manchada de pintura, después de pasar la noche detenido. Pero llega, y eso es lo importante. En el camino venía pensando qué inventar, no se le ocurrió nada y termina diciendo la verdad. Tampoco tiene un currículum que mostrar. Lo que sí ofrece es una frase que para mí es la clave de la escena: “Soy de los que, si no sé algo, le diré que no sé, pero lo investigaré hasta averiguarlo”. He tenido que entrevistar y seleccionar personas, y desde ahí puedo decir que una frase así vale oro. Chris reconoce lo que no sabe y al mismo tiempo se sabe capaz de dejar atrás su ignorancia. Dos virtudes más bien escasas.

Llegaba recomendado por Jay, causó buena impresión y contra todo pronóstico quedó en el programa. Pero la pasantía no incluía pago, y por lo mismo estuvo a punto de abandonar. Para vivir solo le quedaban las seis máquinas que aún no vendía. Postular le había costado el tiempo de llenar un formulario. Aceptar significaba seis meses sin sueldo. Ahí tomó el riesgo de verdad.

Chris había conocido a su padre ya de grande, y se prometió que si algún día tenía un hijo sería un padre presente. Lo normal habría sido que el niño se fuera con la madre, y él habría tenido menos problemas. No permitió que Linda se lo llevara, sabiendo que eso le complicaría todo.

Quebrado por los impuestos, Chris termina durmiendo con su hijo en el baño de una estación del metro. Para el niño es una cueva, adonde llegaron huyendo de los dinosaurios gracias a una máquina del tiempo. En el peor momento, en vez de cargarlo con su angustia, Chris inventa un juego para que su hijo no viva esa noche como lo que es. El niño duerme dentro del juego. Chris, fuera del juego, llora. Las lágrimas le brotan solas, como si dijeran por él: esta no es la vida que quiero.

La frustración es información, y esa insatisfacción es lo que empuja. Quien se acomoda a lo que le duele deja de llorar, y también deja de moverse. Chris no lo hizo. Nunca perdió la voluntad de seguir, pese a todo.

Al final, cuando le dan la noticia del resultado del proceso, le preguntan si fue tan sencillo como creía. “No señor, para nada lo fue”. Después, su voz le pone nombre a ese momento: “Esta parte de mi vida… esta pequeña parte se llama felicidad”.

Leída en sus propios términos, la frase es una advertencia. La felicidad es esta pequeña parte, y todo lo demás fue esfuerzo y perseverancia. Un momento así es pasajero. Pero no por ser pasajero se convierte en malo o desechable. Hay que entender su naturaleza para no pedirle que dure. Se valora ese instante de profunda satisfacción por la meta conseguida luego de tanto esfuerzo. El problema es el rótulo que la película propone. Si a eso le llamamos felicidad, cuando pase, nos volveremos a reconocer infelices.

Si algo cambió de forma duradera en Chris, no lo sabemos. Eso la película no lo puede filmar, y no le quita mérito a lo que sí pudo mostrar.

En algún momento, Chris se pregunta cómo sabía Jefferson que la felicidad solo la podemos perseguir, y quizás nunca encontrar. Quienes hayan leído mis ensayos sospecharán que no estoy de acuerdo con esa idea de una felicidad que se persigue y quizás nunca se alcanza. Porque si fuera así, casi toda la vida se nos podría pasar solo en la búsqueda. Si no somos felices mientras perseguimos nuestras metas y deseos, ¿qué sentido tiene toda la historia?

La película no muestra qué pasó al día siguiente de quedar contratado, pero su frase final lo anticipa. Si la felicidad es esta pequeña parte, al día siguiente Chris volvió al esfuerzo y la perseverancia que lo llevaron luego a fundar su propia compañía.

Como dije en un comienzo, la película nos muestra a un héroe de carne y hueso, y por eso nos inspira. Creer que se es capaz, insistir cuando el formulario de postulación no alcanza, decir “no sé”, llegar a un compromiso aunque sea mal vestido, proteger a un hijo con un juego en la peor noche. Nada de eso necesitó del resultado exitoso para valer, y por lo tanto vale también para los diecinueve que no quedaron seleccionados ni tuvieron una película. La felicidad, dice Chris, es esta pequeña parte de su historia. Los mayores aprendizajes que podemos sacar de ella están en todo lo demás.

cortometraje · 22:35

El Circo de las Mariposas

Joshua Weigel

“El Circo de las Mariposas” (The Butterfly Circus) es un cortometraje de Joshua Weigel, de 2009, con Eduardo Verástegui, Nick Vujicic y Doug Jones. Un circo que recorre Estados Unidos en plena Gran Depresión. Ganó el Doorpost Film Project en la categoría “Esperanza”, y creo que con razón. Prefiero no decirte nada más. Vale la pena; te dejo el enlace aquí abajo.


A Will le dicen que es magnífico, y él escupe a quien se lo dice.

Will es un hombre sin brazos ni piernas, exhibido en una feria como una perversión de la naturaleza. Y de pronto un espectador desconocido se detiene, lo mira y le dice: eres magnífico. Desde donde Will está parado, esa frase no puede ser más que una burla, un simple insulto dicho con ironía. Así que responde con lo único que le queda para defenderse: un escupo.

Lo que Will hace revela algo que ni siquiera sabe que carga: él no cree que es un fenómeno. Él es un fenómeno. No es una opinión sobre sí mismo. Es una convicción que no se cuestiona.

Lo que Will no sabe es que ese espectador no era uno cualquiera. Poco después su compañero se lo dice: ese era Méndez… acabas de escupirle al dueño del Circo de las Mariposas. Y ahí la frase “eres magnífico” cambia de sentido sin que cambie una sola palabra. Dicha por un curioso más, era una burla. Dicha por ese hombre, era genuina.

Méndez dirige su circo repartiendo algo de luz entre gente que no tiene mucho más. Pero el circo no es solo un espectáculo: es además un hogar para su elenco. Cada uno de los suyos llegó roto de alguna parte, y él les dio la oportunidad para una segunda vida. Más adelante le dirá a Will: si tan solo pudieras ver la belleza que viene de las cenizas. Y no habla en abstracto: habla de su propia gente. Pero un detalle a considerar. Méndez no salva a nadie. Es una oportunidad para quien desea salvarse. No invitó a Will a su circo, él apareció de sorpresa en su camioneta porque tomó la iniciativa de aprovechar esa oportunidad.

En un diálogo clave, Méndez hace algo que al principio parece una crueldad. No insiste con que es magnífico. Le repite la misma presentación con la que lo anunciaban en la feria. Que es un hombre al que el mismo Dios le dio la espalda. Will le grita que pare, que por qué le dice eso. Y Méndez le responde con la frase que sostiene toda la película: porque tú lo crees.

La distinción clave. Méndez no le discute si es cierto o no. No le dice “te equivocas, en el fondo vales mucho”. Le dice algo peor, y a la vez lo único que libera: esa sentencia que te aplasta no viene de afuera; la estás firmando tú. El presentador hace rato que no hace falta —su voz ya vive adentro de Will, y Will la repite creyendo que describe el mundo—. Es insoportable, porque lo vuelve responsable cuando su papel era de víctima. Y es lo único que podía salvarlo. Porque una descripción no se cambia. Un relato que escribiste tú, sí.

Y acá está lo más hondo, y a veces lo más difícil de reconocer: los dos relatos son verdaderos. Esto no es negar la realidad ni inventarse un cuento lindo para sentirse mejor —eso es consuelo barato y no sirve—. La realidad de Will es dura y no cambia: no tiene brazos ni piernas. Nada de eso se borra. Lo que cambia es qué hace él con esa realidad, cómo se la cuenta. “Soy un fenómeno y vivo como tal”, en consecuencia, el mundo le responde del mismo modo. Pero un “soy capaz” también se vuelve verdad apenas empieza a vivirlo. El que se cree acabado encuentra cada día motivos para estarlo; en contraste, el mismo hombre, convencido de que puede, empieza —despacio, sin milagros— a poder. Lo que uno se cuenta sobre sí mismo no describe la vida: la escribe.

Hay una escena que lo muestra sin discursos. Will está a la orilla del río y pide que alguien lo ayude a cruzar. Nadie viene: los demás están lejos, cada uno en lo suyo, y no lo escuchan. El único que pasa cerca es Méndez, que lo mira y no le ayuda. O mejor dicho lo ayuda de la mejor forma que podía hacerlo al decirle: creo que te las arreglarás. Y sigue. Entonces Will, en vez de quedarse tirado, se para como puede y empieza a cruzar por un tronco. Pierde el equilibrio y cae al agua. Uno piensa que ahí se acaba todo —nadie lo vio caer—. Recién cuando lo notan ausente cunde el pánico y lo buscan desesperadamente. Estaban en eso cuando Will asoma a la superficie, flotando, por sus propios medios.

Nadie lo estaba cuidando de cerca. No había un ojo pendiente esperando el momento de saltar. Estaban viviendo, distraídos, como vive cualquiera. Y sin embargo, cuando desaparece, el terror es de verdad: lo protegen pero no lo sobreprotegen. A Will nadie le enseñó a flotar; lo descubrió cayendo.

Mi planteamiento es que Will se salvó solo, y no hablo de este río: hablo de su vida entera. Nadie le puede arrancar del cuerpo la sensación de ser una perversión de la naturaleza; eso lo tuvo que soltar él. Es cierto que sin Méndez no habría existido el lugar donde intentarlo, ni la frase que lo destrabó. Pero Méndez no apareció para rescatarlo; apareció, y ya. Las circunstancias estaban ahí, calladas, como en la vida de cualquiera. Alguien tenía que leerlas y decidirse. Y eso —leerlas y decidirse— es lo único que nadie puede hacer en tu lugar. Podemos ser la circunstancia de otro. Vivir su vida, no.

En la parte final de la película Will se lanza desde muy alto a una piscina y emerge entre aplausos. Y acá está lo que de verdad importa, más que el salto: lo que cambió en Will no fue su cuerpo —es idéntico al del primer minuto—, sino cómo se siente parado en él. Se siente distinto. Y eso, que parece un asunto privado, se transmite a los demás. La gente no solo aplaude una proeza: aplaude también a un hombre que dejó de mirarse con desprecio, y esa manera nueva de mirarse se contagia. Uno no puede darle a otro lo que no tiene; Will primero tuvo que creerlo, sentirlo, y recién entonces la sala lo pudo recibir. Por eso, cuando el público estalla, de alegría uno de sus compañeros besa a otro. No celebran el truco. Celebran “la belleza que viene de las cenizas”.

Al principio de la película, un niño le tira a Will un tomate. Al final, un niño se le acerca a abrazarlo. Ese es el arco completo, dicho en dos imágenes y sin una sola palabra. Pero lo decisivo no es solo el abrazo del niño: es lo que su madre alcanza a decirle a Will, emocionada. Simplemente: gracias. No le dice qué ejemplo, ni qué valiente, ni qué inspirador: fórmulas que seguirían mirándolo como espectáculo, aunque sea esta vez un espectáculo noble. “Gracias” es lo que uno le dice a alguien que le dio algo. Supone un sujeto que actuó, no un objeto que impresionó. Después de una vida entera siendo mirado como fenómeno, esa es la primera vez que lo miran como persona.

Fíjate además en el niño, que también tiene una discapacidad. No está admirando lo que otro logró: está mirando su propia vida. Lo que Will le entregó no fue un salto, fue la sospecha de que su vida podría ser distinta. Dijimos que Méndez fue circunstancia de Will —le abrió una puerta, no lo salvó—. Ahora Will es circunstancia de ese niño, y tampoco lo salva: le muestra algo, y lo que el niño haga con eso será su propia responsabilidad. La cadena no es de favores o rescates. Es de oportunidades, en tanto las logremos ver.

Méndez mira la escena de lejos, sonríe y se va bailando. No se acerca a cobrar el crédito. Podría haber entrado al cuadro, a recibir su parte del agradecimiento. No lo hace. El que de verdad ayuda, y lo hace como un fin en sí mismo, ya recibió su recompensa en el acto mismo, y lo celebra íntimamente.

Y recién al final se entiende el título. Durante toda la película un niño cuida una oruga en su capullo. No se puede abrir desde afuera: hay que esperar. Al final sale la mariposa y la liberan entre todos. Will siempre fue una mariposa en potencia —como lo somos todos—, pero en potencia no es lo mismo que en acto: alguien tiene que hacer el trabajo de volverse otra cosa, y ese trabajo no lo puede hacer nadie por ti.

La película no deja una moraleja explícita. No la requiere. Le basta con inspirarnos. Porque casi todos cargamos alguna frase que damos por descripción exacta de lo que somos —dicha alguna vez por alguien— y que, vista de cerca, no era más que un relato. Y un relato, cuando se entiende como tal, se puede volver a escribir.

canción · 4:21

Mañana

Rosana

“Mañana” es una canción de Rosana, del disco “A las buenas y a las malas”, de 2009. Le canta al optimismo. ¿Por qué me parece valiosa? Ya lo diré. Pero antes, te invito a escucharla.


Hay días en que todo se ve negro. Y empiezo por lo más importante: a veces es justo como está, negro. No es una distorsión ni una manera pesimista de mirar. Cualquiera que llegue con buenas intenciones a decirte que en el fondo no es para tanto, ayuda poco: está pasando de verdad, y duele.

El problema es otro, y es más silencioso. Cuando estás ahí, no sientes que estás teniendo un mal día. Sientes que esto es para siempre. Que no hay salida, que mañana será igual, y así hasta la eternidad.

Y ese “para siempre” es lo único de todo el asunto que no tienes cómo saber. No es una descripción de lo que te pasa. Es una predicción. Una afirmación sobre un futuro que nadie ha visto todavía. La haces con absoluta certeza y sin una sola prueba.

Y es allí donde llega Rosana y su canción. Pero fíjate lo que no hace: no te dice que no estés triste hoy, no te pide que sonrías hoy, no discute tu dolor. Lo que la canción combate es el para siempre.

La canción no dice “mañana quizás sea mejor”. Dice: mañana irá mejor. Punto. Sin matices, sin condiciones, ni un solo tal vez en toda la letra. Escuchado con oído de adulto escéptico, eso puede sonar a exceso —nadie puede prometer eso—. Y es cierto, nadie puede. Pero ve y dile a alguien que está en el suelo: “existe una probabilidad razonable de que tu situación mejore en el mediano plazo”. No es muy buen consuelo. La certeza es el remedio.

El que te dice “esto no va a cambiar nunca” tampoco lo sabe. Está prediciendo, igual que Rosana, con exactamente la misma cantidad de pruebas: ninguna. Lo único distinto es el signo. Una de las dos profecías te deja tirado. La otra te deja izar las velas.

Que es lo único que de verdad te pide hacer: “empieza a izar las velas, la tormenta pasará”. No dice quédate quieto esperando que amanezca. No es un decreto ni un pedido al universo. Es lo de siempre —haz lo que depende de ti, y prepárate para lo que no—.

¿Puedo probarte que mañana irá mejor? No. Nadie puede. Pero tengo cincuenta años y unas cuantas temporadas encima, y apostaría a que sí con muy poco miedo a equivocarme. La vida es cíclica. Hay ancianos que llevan tatuado en el pecho tutto passa (todo pasa), y no es un adorno: es lo que se aprende de tanto vivir. El mundo ha seguido girando después de las peores tragedias, y tú vas a seguir en pie junto con él.

Rosana te invita a una sola cosa simple pero difícil a la vez: que veas un mañana donde sale el sol. Y que lo veas con todo el optimismo que tu corazón te permita.