En busca de la felicidad
“En busca de la felicidad” (The Pursuit of Happyness) es una película de Gabriele Muccino, de 2006, con Will Smith y Jaden Smith. Está basada en la vida de Chris Gardner, un vendedor que en el San Francisco de los años ochenta busca abrirse paso como corredor de bolsa mientras cuida a su hijo. Lo que sigue supone que ya la viste. Si no, conviene buscarla para verla antes de seguir.
Esta película la analizaba con mis estudiantes en las clases de emprendimiento. No es difícil entender por qué. Un hombre lo pierde casi todo, atraviesa muchas dificultades, trabaja duro y termina llegando adonde quería. Contada así, parece la historia de alguien excepcional, de esos que se aplauden desde la butaca y que poco tienen que ver con la vida de uno. No estoy seguro de que sea tan así, porque la película inspira, y lo hace porque en parte nos sentimos identificados. Todos necesitamos héroes, y Chris Gardner, el protagonista, es uno de carne y hueso. Tiene miedo, tiene días malos y toma decisiones que le cuestan caro. Que todo haya ocurrido tal cual se narra no es relevante para los efectos de cualquier análisis. Lo que me importa es lo que la historia muestra y lo que de ella podemos aprender. Esa es la invitación de este espacio.
Chris ve a un hombre en su Ferrari. Es natural compararnos con otros, y frente a la distancia que surge de esa comparación caben dos posturas opuestas, según pongamos su causa fuera o dentro de nosotros. Podemos sentir esa distancia como una injusticia que viene de un sistema ajeno a nuestra voluntad. O podemos pensar que el otro ha hecho cosas que nosotros no hemos hecho, pero que también podríamos hacer para llegar hasta donde él está. La primera postura nos empuja a resignarnos o a destruir lo que nos parece un sistema injusto, mientras que la segunda nos empuja a construirnos a nosotros mismos. Chris mira a ese hombre con admiración y la pregunta que le hace surge necesariamente de la segunda postura. Le dice: qué haces y cómo lo haces. La respuesta: soy corredor de bolsa. Chris quiere saber si eso se estudia en la universidad, y el hombre le responde que no hace falta, que basta con ser bueno manejando números y personas. Chris se sabe bueno en eso, y por lo tanto se cree capaz.
Después lo ve entrar a un edificio y se queda mirando a la gente que sale de ahí. Al recordar el momento, nos dice que todos se veían tan felices, y se pregunta por qué él no se veía así. Se sigue comparando. Lo que vio en esas personas fue cierta alegría, quizás relajo, era gente a la que parecía irle bien, y a eso le llamó felicidad. Nadie sabe qué había detrás, ni si eran felices de verdad, pero lo importante es que así le pareció a él. Chris no quería un Ferrari. Quería estar como ellos: “feliz”. Es una idea sencilla de la felicidad, hecha de lo que se ve desde afuera, y la película la sostiene hasta el final, cuando a una pequeña parte de su historia, a un momento, le pone ese nombre.
Linda, su mujer, no lo cree capaz. Cuando él le cuenta que va a intentar ser corredor de bolsa, le pregunta con ironía por qué no mejor astronauta. Su creencia también tiene argumentos, y los construyó con su propia historia junto a él: los escáneres que no se venden, las promesas que no se cumplen, las cuentas que no se pagan y la sensación de ser la única que trabaja y se esfuerza. La misma realidad, leída desde otro lugar, cierra la puerta que Chris acaba de abrir. ¿Se equivocó Linda? Sabiendo cómo termina la película, sería fácil responder que sí. Después de la guerra todos somos generales. Pero el final de la historia no debiera juzgar la postura que ella tomó en ese momento, con los elementos de juicio que tenía. Debemos reconocer que Chris ganó algo improbable. Primero tuvo que quedar entre los veinte aceptados en un programa de pasantías, y después ser el único de ellos contratado, corriendo con desventajas. Ese resultado extraordinario hace posible que veamos esta historia en pantalla. Si hubiera sido uno de los diecinueve que no quedaron, no habría historia que contar, y la ironía de Linda la calificaríamos como incuestionable sensatez.
Una creencia abre o cierra puertas, abre o cierra posibilidades. Pero no necesariamente toda puerta abierta es buena. Los escáneres también fueron una puerta que Chris abrió convencido, y lo dejaron al borde del precipicio. Desde el umbral no se sabe cuál es cuál. Se puede jugar con probabilidades, pero el movimiento se prueba andando. Sin embargo, aun la puerta que da a lo que tendemos a calificar como fracaso deja algo. De los escáneres Chris salió sabiendo vender, y si hubiera quedado entre los diecinueve no seleccionados habría salido sabiendo mucho más de lo que sabía al entrar. Una puerta cerrada, en cambio, es la certeza de que nada de eso va a ocurrir.
Más adelante, en una cancha de básquetbol, Chris está a punto de cerrarle una puerta a su hijo, y se detiene: “Jamás permitas que te digan que no puedes hacer algo… tampoco yo”. Se lo está diciendo también a sí mismo. Le enseña la importancia de creer en sus sueños. Es cierto que creer no garantiza llegar. Podemos suponer que los diecinueve que no quedaron seleccionados también creyeron. Lo único que quiero destacar es que, sin creer, nada es posible.
En el formulario de postulación de Chris, la sección de estudios superiores la tuvo que dejar en blanco. Si se hubiera limitado a entregar su solicitud, no habría tenido ninguna posibilidad de que lo llamaran. Ninguna. Él lo sabe, y por eso insiste. Busca a Jay Twistle, gerente y socio de la corredora, y lo aborda en la calle. Como Jay va apurado y no le regala mucho tiempo, le sugiere compartir el taxi porque van al mismo destino.
En el taxi, Chris le habla de su experiencia y competencias, pero Jay no lo escucha. Está absorto intentando armar un cubo Rubik. Esa es la oportunidad que Chris no puede dejar pasar. Lo logra armar frente a él, y ese viaje se convierte en una entrevista que nadie le había concedido. Tenía pocos minutos para mostrar lo que valía, y los aprovechó. Actuó, como actuamos todos cuando sabemos que nos miran. Pero no sacó un cubo armado de la manga. Armó lo que pocos podían y con ello mostró sus capacidades. Ser y parecer debieran ir juntos, porque no basta con ser capaz si nadie lo ve.
A la entrevista que consiguió llega mal vestido, con la ropa manchada de pintura, después de pasar la noche detenido. Pero llega, y eso es lo importante. En el camino venía pensando qué inventar, no se le ocurrió nada y termina diciendo la verdad. Tampoco tiene un currículum que mostrar. Lo que sí ofrece es una frase que para mí es la clave de la escena: “Soy de los que, si no sé algo, le diré que no sé, pero lo investigaré hasta averiguarlo”. He tenido que entrevistar y seleccionar personas, y desde ahí puedo decir que una frase así vale oro. Chris reconoce lo que no sabe y al mismo tiempo se sabe capaz de dejar atrás su ignorancia. Dos virtudes más bien escasas.
Llegaba recomendado por Jay, causó buena impresión y contra todo pronóstico quedó en el programa. Pero la pasantía no incluía pago, y por lo mismo estuvo a punto de abandonar. Para vivir solo le quedaban las seis máquinas que aún no vendía. Postular le había costado el tiempo de llenar un formulario. Aceptar significaba seis meses sin sueldo. Ahí tomó el riesgo de verdad.
Chris había conocido a su padre ya de grande, y se prometió que si algún día tenía un hijo sería un padre presente. Lo normal habría sido que el niño se fuera con la madre, y él habría tenido menos problemas. No permitió que Linda se lo llevara, sabiendo que eso le complicaría todo.
Quebrado por los impuestos, Chris termina durmiendo con su hijo en el baño de una estación del metro. Para el niño es una cueva, adonde llegaron huyendo de los dinosaurios gracias a una máquina del tiempo. En el peor momento, en vez de cargarlo con su angustia, Chris inventa un juego para que su hijo no viva esa noche como lo que es. El niño duerme dentro del juego. Chris, fuera del juego, llora. Las lágrimas le brotan solas, como si dijeran por él: esta no es la vida que quiero.
La frustración es información, y esa insatisfacción es lo que empuja. Quien se acomoda a lo que le duele deja de llorar, y también deja de moverse. Chris no lo hizo. Nunca perdió la voluntad de seguir, pese a todo.
Al final, cuando le dan la noticia del resultado del proceso, le preguntan si fue tan sencillo como creía. “No señor, para nada lo fue”. Después, su voz le pone nombre a ese momento: “Esta parte de mi vida… esta pequeña parte se llama felicidad”.
Leída en sus propios términos, la frase es una advertencia. La felicidad es esta pequeña parte, y todo lo demás fue esfuerzo y perseverancia. Un momento así es pasajero. Pero no por ser pasajero se convierte en malo o desechable. Hay que entender su naturaleza para no pedirle que dure. Se valora ese instante de profunda satisfacción por la meta conseguida luego de tanto esfuerzo. El problema es el rótulo que la película propone. Si a eso le llamamos felicidad, cuando pase, nos volveremos a reconocer infelices.
Si algo cambió de forma duradera en Chris, no lo sabemos. Eso la película no lo puede filmar, y no le quita mérito a lo que sí pudo mostrar.
En algún momento, Chris se pregunta cómo sabía Jefferson que la felicidad solo la podemos perseguir, y quizás nunca encontrar. Quienes hayan leído mis ensayos sospecharán que no estoy de acuerdo con esa idea de una felicidad que se persigue y quizás nunca se alcanza. Porque si fuera así, casi toda la vida se nos podría pasar solo en la búsqueda. Si no somos felices mientras perseguimos nuestras metas y deseos, ¿qué sentido tiene toda la historia?
La película no muestra qué pasó al día siguiente de quedar contratado, pero su frase final lo anticipa. Si la felicidad es esta pequeña parte, al día siguiente Chris volvió al esfuerzo y la perseverancia que lo llevaron luego a fundar su propia compañía.
Como dije en un comienzo, la película nos muestra a un héroe de carne y hueso, y por eso nos inspira. Creer que se es capaz, insistir cuando el formulario de postulación no alcanza, decir “no sé”, llegar a un compromiso aunque sea mal vestido, proteger a un hijo con un juego en la peor noche. Nada de eso necesitó del resultado exitoso para valer, y por lo tanto vale también para los diecinueve que no quedaron seleccionados ni tuvieron una película. La felicidad, dice Chris, es esta pequeña parte de su historia. Los mayores aprendizajes que podemos sacar de ella están en todo lo demás.
